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El chico que observaba el infinito

VictorBlazquez 1 junio, 2006
Hoy me he quedado obnubilado, mirando al frente, hacia la blanca pared de mi habitación, donde no hay nada. Pero yo no veía una pared, en ese momento yo tenía superpoderes y veía a través de esa y de todas las paredes que había tras ella. Me encontré a mí mismo encarándome al infinito, al todo y lo que hay incluso más allá.
A Paul Auster le han dado el Premio Príncipe de Asturias de las letras. Nunca he leído nada suyo, por lo que no puedo permitirme el lujo de hablar sobre su capacidad literaria. Nunca me he cruzado en mi camino con un libro de Paul Auster, pero existe un libro que me gustaría mucho leerme y que no tengo (ya podéis apuntar para mi cumpleaños, pero no vayáis todos a regalarme lo mismo, ¿eh?)
Y ese libro no es otro que El país de las últimas cosas.
Un libro que narra, en primera persona, las vivencias de Anna Blume en busca de su hermano a través de una ciudad caótica, destructiva y enferma. Siguiendo el análisis de la novela hecho por Pavel Kraljevich, es un lugar donde la muerte ha vencido el pulso a la vida y la supervivencia se basa en el asesinato, el secuestro, la miseria y la sangre. Definido por el Whasington Post como “uno de los mejores intentos contemporaneos de definir el infierno”, la ciudad que recorre Anna Blume a través de las páginas puede deducirse que es un Londres fantasmagórico y casi derruido donde los aviones se estrellan contra los edificios, los portales parecen bocas de lobo y la población se halla permanentemente al borde de una explosión. Termina Pavel diciendo que, después de haber leído la novela de Auster, ver los telediarios es algo que hace sentir escalofríos en la espalda.

La novela de Auster comienza diciendo: Estas son las últimas cosas que te escribo. Desaparecen una a una y no vuelven jamás.

Esas son, por otro lado, las palabras que repite una y otra vez, en forma de letanía, la mujer de Liberto Rabal al tiempo que estrecha la mano de su marido dentro de una nave espacial, mientras ambos miran el cuerpo tendido delante de ellos y aún vestido con el traje de astronauta del que sale un hilillo de sangre que vuela hacia arriba debido a la gravedad cero.
El cuerpo es el de Enrique Bunbury. La escena corresponde al videoclip de “Lady Blue”. Las palabras de Auster se clavan en la memoria como ganchos. Canta Enrique:
Todo es insignificante / Nada es tan preocupante
Quizá debería haber dicho que nada es tan aterrador como la insignificancia de las cosas. Preocupante se queda corto, pero aterrador no pegaba con el resto.
Continúa Enrique:
No volverás a ver / la mirada triste del chico que observaba el infinito
Y así, hemos girado una vez más y vuelto al principio. Porque todo es Ka.
Y el Ka, amigos, es una rueda.
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